viernes, 9 de enero de 2015

TU MIRADA



Tu mirada,
fuego que consume mis silencios,
reto  inevitable,
deseado,
al que me siento incapaz de resistirme.
Y huyo hacia él,
de él,
con él,
desesperado,
negando a mis sentidos el anhelo.

Sensible insensibilidad la mía en tu presencia,
dolor de sórdida impotencia.

Y me niego y te niego,
y reniego de ser yo con mis temores,
y sufro mi humillante cobardía,
ocultándome,
olvidándome,
muriéndome,
perdiéndome
en tu impúdica llamada,
en la infinita calidez de esa mirada.

jueves, 8 de enero de 2015

PREMIO CUENTO DE NAVIDAD





                                                             EL REPARTIDOR

     Tomo asiento con un bufido, a pesar del frío que hace estoy sudando y cansado, muy cansado. Tras sacar el grueso libro una vez más, anoto los nombres en el registro de entregas realizadas. Miro lo que todavía me queda pendiente y no puedo reprimir un gesto de abatimiento. Es agotador este trabajo para un solo repartidor, a pesar del vehículo del que dispongo, que me lleva con una rapidez pasmosa a los lugares, cuasi antes de pensarlo. La verdad es que están resultando unas Navidades complicadas.
     Si por lo menos estuvieran conmigo Gaspar y Balta sería todo mucho más rápido y ameno pero, desde que se marcharon a Suecia a vivir como pareja, me encuentro muy solo. Han sido muchos siglos compartiendo tarea, hasta que empezaron a relegarnos, a olvidarnos, a substituirnos por el pequeño regordete del trineo..
     Y doy gracias por haber conseguido este empleo, aunque haya tenido que cambiar mis ropajes y mi corona por este gracioso trajecillo rojo. Una gran desgracia que a Santa lo alcanzara en año pasado aquel misil cuando iba de reparto y quedara hecho unos zorros pero… no hay mal que por bien no venga…

miércoles, 7 de enero de 2015

EL ADIOS



     Le sorprendió su llamada aquella misma mañana rogándole que le permitiera hablarle, suplicándole que le diera la oportunidad de verla una vez más. Clara accedió después de escuchar palabras de perdón y lagrimas sofocadas a través del teléfono, pero impuso la condición de que el encuentro se realizara en un lugar público, a la luz del día y él accedió.
     Valencia brillaba iluminada por el suave sol de una nueva primavera, después de una noche de lluvia y luz de relámpagos, cuando Clara salió del patio para acudir a la cita. En las calles todavía quedaban pequeños charcos.
     Habían quedado en la cafetería donde muchas veces se citaban antes de casarse, en la plaza de la Virgen, frente a los jardines del Palau, al otro lado de la Basílica, mirando la puerta gótica de la Catedral, la de los Apóstoles. Ella llegó puntal, él ya estaba esperándola.
     Ahora lo tenía sentado delante, mirándola con los ojos enrojecidos por el llanto, sorbiendo con angustia el dolor y el remordimiento que aparentemente le comía las entrañas, o eso era lo que le había dicho con un torbellino de palabras con las que pretendió enturbiar sus sentidos, como siempre hacía, empalagosamente tiernas y llenas de reproches por su maldita conducta insegura y celosa que lo llevaba por caminos que el no deseaba recorrer.
     -¡Te juro por el amor que nos hemos tenido, y que yo sufro todavía, que nunca más volveré a tocarte! –clamó finalmente entre sollozos- ¡Dame una nueva oportunidad o moriré! –afirmó dando a su voz un tono dramático y desesperado que a punto estuvo de hacerla ceder.
     Pero no, la decisión estaba tomada.
     -No –negó lacónica Clara-. Se ha acabado Tomás. He venido porque me has dado pena por teléfono, pero ésta es la última vez que nos vemos a solas. La próxima será en el juzgado.
     El rostro del hombre cambió. Secó sus lágrimas con el dorso de la mano, asió con lentitud la taza de café que tenía frente a él y, tras tomar el último sorbo, lució una inquietante sonrisa.
     -No me dejas vida para odiarte –le dijo con suave voz-, después de esto mi amor a muerto, yo estoy muerto, los dos estamos muertos.
     Clara frunció el ceño y se aferró a su bolso, temiendo que Tomás hiciera alguna barbaridad, pero él permaneció sentado mirándola a los ojos, sereno ahora, sonriente.
     -Me voy, Tomás -concluyó Clara tratando de ocultar el temor que la embargaba-. Quiero entrar en la Basílica antes de volver a casa.
     -Ve y habla con tu Virgen, quizá ella te haga más feliz que yo –comentó él con amarga ironía, escupiéndole las palabras mientras tomaba un cigarrillo de su pitillera.
     Ella se levantó y se giro, dándole la espalda a Tomás. Oyó el sonido de su Zippo al encender el cigarrillo. Cerró los ojos y echó a andar. Cruzó, todavía asustada, la plaza haciendo que las palomas que la llenan buscando los trozos de pan o de arroz que les tira la gente, anadearan huyendo de su camino.

     Arrodillada en el silencio del templo, ante la imagen de la Virgen de los Desamparados, rezó y lloró en silencio hasta calmarse. Antes de salir encendió una vela por el hijo que nunca llegó a nacer, por el que escapó de su cuerpo a causa de los golpes de Tomás que la hicieron caer por la escalera.
     Salió de nuevo a la luz de plaza, serena, tranquila, y miró hacia la mesa donde habían estado sentados antes. Tomás ya no estaba. Suspiró y se dispuso a bajar los dos escalones que tenía ante sí…
     Oyó el estampido tras de ella.
     Sintió un terrible golpe en la espalda que le atravesó el pecho.
     Cayó hacia delante sin comprender nada.
     Lo último que vieron sus ojos fue la cortina blanca de palomas emprendiendo el vuelo, asustadas por la detonación.
     El proyectil reventó su corazón y le arrebató la vida que aun soñaba.
     No se enteró del otro disparo, el que llenó la fachada de la Basílica con la sangre y los sesos de Tomás.

domingo, 4 de enero de 2015

A VECES



A veces,
cuando acaricio el silencio
percibo
acosándome en el alma,
terriblemente inconfundible,
la sonrisa del diablo.

A veces,
cuando soy solo
locura,
me acosan vidas ajenas
que me piden ser oídas
y oprimen mi corazón

A veces,
entre quimeras y fantasías
asoman
retazos sangrantes, dolientes,
de vidas que no he vivido,
de sueños que no son míos.

 A veces,
y solo a veces,
concibo que no esté vivo
y que en mi muerte revivo
para volver a morir
en cada letra que escribo.

sábado, 3 de enero de 2015

FRAGMENTO DE MI NOVELA "EL TRONO DE OBSIDIANA"




 ...//...
     Y cuando el sol escondió sus últimas luces tras las montañas, se encendieron las fogatas que abrirían el camino a aquéllos que participaban en el rito de iniciación. Y la inmensa y sagrada pira en el centro del poblado donde tendría lugar la ceremonia.
     Se escucharon primero los largos y profundos sonidos de los ébunnus, como un lamento, cada uno con su peculiar gravedad. Aquellos largos tubos, hechos con el grueso tallo central de ciertas plantas salvajes de grandes y carnosas hojas espinadas conocidas como ebú, propias de las zonas más áridas, reposaban sobre pequeñas tarimas de madera mientras los ébunnais hacían vibrar sus labios en su extremo con fuerza produciendo esa oscura voz que semeja proceder de lo más profundo de la tierra.
     Y a su llamada, que daba comienzo a los ritos y la fiesta con la que arrancaba la  gebhet-nesohé, fueron acudiendo poco a poco todos los habitantes de Mahzheg.

     Iniciando la procesión marchaba la shei-Uwané, la sacerdotisa de la aldea, portando un báculo rematado en su extremo por el símbolo del dios Anú, la plateada estrella de cuatro puntas dentro de un círculo amarillo con el ojo del dios que todo lo ve, la acompañaba del shú-Togma, el chamán, y tras ellos caminaban sus discípulos pintado con cenizas su rostro como símbolo de su ignorancia. Seguían los músicos haciendo sonar las silimas, arrancando sinuosas y gozosas notas de aquellas peculiares flautas de cinco caños, y los tanucs de diferentes tamaños y tonos llevando el ritmo con su golpeteo. A continuación el grupo de guerreros danzantes, armados con cortos venablos y pequeños escudos redondos que golpeaban con el arma mientras pateaban el suelo, produciendo un alegre tintineo con los cascabeles que ceñían sus tobillos; algunos de ellos cubrían su cabeza con una representación de animales, desde ciervos hasta osos, cuya simbología tenía importante función dentro  de las danzas que se realizarían a lo largo de la noche.
   Detrás de ellos iba el shú-Velhú, el conservador de la memoria, acompañado de su discípulo y precediendo a los portadores de las ofrendas para los dioses y los regalos para los aspirantes.
     Cerraban la procesión el resto de habitantes de la aldea, algunos con antorchas que luego arrojarían a las hogueras,  siguiendo con palmas y silbos los ritmos que producían los músicos.
     Llegada la totalidad de la comitiva hasta la plaza y situados formando un gran círculo alrededor de la enorme fogata callaron las músicas y los sones y el silencio se hizo dueño de la noche, escuchándose sólo el crepitar de los troncos en el fuego. Se adelantó la shei-Uwané y pronunció las palabras rituales de inicio tras lo cual, sin que se quebrara el silencio, avanzaron los portadores de las ofrendas dividiéndose en tres grupos y, a una indicación de la shei-Uwané, lanzaron cuanto llevaban a la hoguera para que fuera consumido por el fuego purificador y, convertido en humo, se elevara hasta los dioses que contemplaban la ceremonia desde las alturas.
     Sonaron de nuevo los ébunnus por tres veces y a una indicación de la shei-Uwané se abrió un pasillo entre los asistentes para dar entrada a los aspirantes, momento éste en que retornaron los sones de los músicos y los gritos y cánticos de los danzantes que llenaron de nuevo la noche con su rítmico sonido. Marchaban los jóvenes aspirantes acompañados por aquél que debería presentarlos durante la ceremonia.
     A Nekai, la muchacha, la guarecía su padre Seitrén, el herrero de la aldea, conocido por su bravura en la lucha y por su fuerza descomunal. El arma que había elegido y que portaba su progenitor era una maza forjada por éste, que contrastaba grandemente con el aspecto de la joven, aparentemente frágil.
     A Herdiok, el gigantón, le acompañaba su orgulloso padre Treniok, al que superaba el joven en altura poco más de un palmo, y que sujetaba con firmeza el hacha de doble filo preferida por su hijo, la misma que tres generaciones de su familia había portado con honor y valentía.
     El último en entrar fue Neguré, con el semblante serio y concentrado, caminando con paso firme junto a su hermano Loreión, que asía en su mano derecha la lanza por la que había optado el chico.

...//...

jueves, 1 de enero de 2015

FELIZ 2015

QUE ESTE AÑO 2015 EN EL QUE NOS ADENTRAMOS,  TRAIGA A TODOS LA FELICIDAD QUE NOS MERECEMOS.
NOS INUNDE DE AMOR, MEJORE NUESTRA ECONOMÍA Y ALEJE DE UNA VEZ POR TODAS LOS FANTASMAS Y LAS LACRAS QUE NOS AGOBIAN CADA DÍA.
POR UN 2015 ESPLÉNDIDO, LEVANTO MI COPA
¡¡SALUD!!

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